domingo, 12 de diciembre de 2010

Capítulo III


3
        El funeral se podría realizar, por fin, al día siguiente de la fiesta mayor de Julastre del Camino. Y por suerte, los problemas fueron menores de los que se podían esperar para la ocasión.
        El principal de ellos era el de mantener en condiciones el cadáver del cabo Gutiérrez durante ese tiempo de espera sin que, al estar a la intemperie, se fuese descomponiendo. El cabo Expósito había decidido guardar el cuerpo en el frigorífico de la cantina, tal y como tantas veces había visto hacer a los forenses del Cuerpo en sus cámaras del Hospital comarcal. Y así se hizo. O al menos se intentó.
        Y es que había un problema inicial. Siendo un cuartel tan pequeño, la comandancia había destinado para su uso un frigorífico normal, de los habituales en las casas particulares, es decir, de estructura vertical. Y claro, había que meter al cabo Gutiérrez de pie y no había manera. Al buen hombre se le había pasado el “rigor mortis” y, cada vez que le iban a introducir, se doblaba por el espinazo y por las articulaciones, no habiendo forma humana de cerrar la puerta sin dejar una parte de su anatomía fuera del aparato.
        Se valoraron diversas opciones, alguna de ellas realmente singular. La más sencilla y práctica era la de tumbar el frigorífico en el suelo para poder meter sin mayor problema el cuerpo en su interior. Y así se hizo. Pero algo fallaba en el planteamiento porque según lo tumbaban, el artefacto empezaba a chisporrotear encendiéndose y apagándose a lo loco, perdiendo así todo su propósito y finalidad. Fue, por lo tanto, rechazada de inmediato por poco práctica.
        La segunda idea fue también rápidamente desechada. Consistía limpia y llanamente en cortar en pedazos con una sierra el cuerpo del cabo e ir repartiendo los trozos en los diferentes compartimentos del frigorífico. Las vísceras y órganos blandos en las zonas más bajas para ir subiendo hasta llegar a las partes óseas y más duras que ocuparían las zonas más altas del aparato.  


        Si se rechazó, no fue realmente porque no fuese útil, que lo era. En realidad y según la opinión generalizada, entero o a pedazos, una vez metido en el ataúd y bien cerrado, nadie se iba a enterar de la componenda, así que, por ese lado, todo el mundo estaba de acuerdo en que la idea era sumamente práctica. El problema es que nadie en el cuartel se presentaba voluntario para la tarea y que, al ser Julastre del Camino un pueblo pequeño, no disponía de matarife oficial ni nadie con los conocimientos suficientes para el descuartizamiento fino del cadáver. Y eso sí que no. Bajo ningún concepto se quería hacer una chapuza con el cuerpo de un compañero de armas. Hasta allí se podría llegar.
        Al final triunfó la última propuesta que, de alguna forma, aunaba las dos virtudes de las anteriores ya que era práctica y audaz al mismo tiempo. Consistía en escayolar de arriba abajo el cuerpo del difunto. Así, una vez seco y endurecido, se podía meter al cabo verticalmente en el frigorífico para garantizar definitivamente la labor de su mantenimiento en las mejores condiciones posibles durante el tiempo de espera.
Los agentes Edelmiro y Romualdo fueron los encargados de acercarse hasta la capital en el vehículo oficial y comprar los rollos de escayola suficientes para la faena, mientras el resto de sus compañeros se dedicaron a preparar los aditamentos necesarios para la tarea. Dispusieron el cuerpo de Gutiérrez sobre una puerta vieja que habían colocado sobre dos caballetes a modo de camilla y pusieron a su alrededor varios baldes llenos de agua para remojar las bandas impregnadas antes de enrollarlas alrededor del cuerpo inerte.
Una vez que regresaron los hombres enviados a la capital, se procedió a la fase de escayolado en la que participó la tropa al completo. Al principio, todo se hizo con el máximo respeto y consideración hacia el finado. Pero en la medida en que se iba avanzando y empezaba a cundir el cansancio y el tedio entre los agentes, la cosa se les empezó a ir un poco de las manos. O mucho, depende de cómo se mire.
Inicialmente fueron pequeñeces, ligeras escaramuzas para romper la tensión del momento, como ponerle unos pezones enormes o enyesarle la nariz y pintársela de rojo. Chiquilladas.


Pero la cosa ya empezó a tomar otros derroteros cuando le enyesaron el pene y se lo alargaron hasta la rodilla. O cuando le dejaron el culo al aire –para que respire el pobre- según las  palabras de algún ingrato jovenzuelo y ante el cachondeo general.
El cabo Expósito tuvo que tomar cartas en el asunto de inmediato y, bajo la amenaza de juicio de guerra sumarísimo y expulsión inmediata del cuerpo, las aguas volvieron a su cauce y se acabó con normalidad el proceso de embalsamamiento casero del difunto.
Retirados a descansar, el agente Florentino, cuya familia tenía una pequeña explotación porcina amén de un secadero de jamones, tuvo una brillante idea que trasladó a sus compañeros así, como de pasada.
-A éste lo que le hace falta es un buen oreo para que se seque rápido y en condiciones- Comentó en voz alta. Y, por supuesto, todos ellos, al unísono, le dieron la razón.
De inmediato, tuvieron la brillante idea de, mediante una pequeña polea, colgar al cabo Gutiérrez del tendedero de la ropa para someterle a las corrientes de aire del segundo piso, algo que sin lugar a duda beneficiaría holgadamente a sus pretensiones. Y así lo hicieron, según consta oficialmente en el libro de guardia del cuartel, sobre las once de la mañana del día mayor de las fiestas patronales.
A eso de las doce del mediodía y cuando todo estaba en calma, paz y armonía, acertaron a pasar por allí unos jóvenes pertenecientes a la peña de las fiestas del pueblo que venían de rondar toda la noche y que, por fin, se iban de retirada todavía medio borrachos de la juerga verbenera. Y claro, se fijaron en el cabo. ¿Cómo no se iban a fijar en él, si estaba el buen hombre hecho un monigote, todo de blanco y colgado de un tendedero del segundo piso?  
-¡!Una piñata. Una piñata!!- Gritó uno de los jóvenes emocionado.
-¡!Los civiles han puesto una piñata para las fiestas. Viva el Cuerpo y la madre que los parió!!- Aullaron enardecidos todos a la vez.


Y sin más contemplaciones corrieron hasta las campas para conseguir piedras hasta hartarse y unas varas lo suficientemente largas como para llegar con ellas a su objetivo.
A eso de las doce y media, el cabo Expósito estaba repasando sobre un plano de la iglesia el procedimiento a seguir durante el funeral que se iba a celebrar al día siguiente.
-En el primer banco de la derecha me situaré yo acompañado de los tres guardias más jóvenes. En el banco de la izquierda se situarán los cuatro guardias de mayor edad, todos vestidos con el traje oficial de las ceremonias- Iba rematando muy serio.
Mientras, por la ventana se empezó a filtrar un ligero runrún de algarabía callejera, algo a lo que no le quiso dar mayor importancia a pesar de que, de alguna forma o de otra, tamaña actitud le dolía en el alma. No lograba entender que aquéllos pueblerinos inmundos continuasen las fiestas como si nada en un día tan doloroso para el Cuerpo.
-Pero en fin, así de ingrata es la vida- Pensó para sus adentros. –Das tu vida por ellos y tal es como te lo agradecen-
La intervención de uno de los guardias le sacó de su ensimismamiento.
-Permiso para hablar, mi cabo-
-Hable usted Asdrúbal. Diga lo que quiera- Respondió Expósito.
El agente Asdrúbal era, por así decirlo, un poco retrasado. Nada escandaloso ni fuera de lugar, no, pero sus luces eran tan cortas que no llegaban más allá de sus propias narices. Él lo sabía, e intentaba compensar sus carencias utilizando las palabras más enrevesadas que aprendía y que cada día iba buscando a escondidas en un ejemplar de “El Quijote” que por motivos desconocidos estaba en el cuartel.
-La brusquedad en el tránsito de nuestro egregio cabo, ha obstruido la pervivencia en el posicionamiento al respectivo numeral de la casuística. Lo siento en la esencia. Pero su excelsitud debería disponer una nueva viabilidad o la disyuntiva se va a pique. O no lo cree talmente?


El cabo Expósito, al principio, se quedó petrificado en su silla. No había entendido ni una castaña del parlamento y miraba con ojos atónitos al resto de los presentes en demanda de ayuda. Pero rápidamente se dio cuenta de que a todos les pasaba algo parecido, aunque por sus gestos, bien se veía que ya estaban acostumbrados. El que no miraba para el techo silbando por lo bajinis, se limpiaba las uñas o se rascaba la cabeza con desidia. Pero todos ellos, todos en absoluto, como si no estuvieran allí.
Sopesó con largueza su respuesta. A botepronto, se veía claramente que aquél agente era tonto del culo y que por lo tanto, no había malicia alguna en sus palabras. Así que, por ese lado, se podía quedar tranquilo.
Ahora bien, se daba cuenta de que, dependiendo de su respuesta, aquello se podía alargar indefinidamente dado el carácter del agente. Iba a responder a la brava lo primero que se le ocurriese cuando, de repente, un cristal saltó hecho añicos por el impacto de una piedra.
-¡!Los rojos. Los rojos que se han levantao en armas y vienen a por nosotros!!- Empezó a gritar desesperado el agente Crescencio mientras se arrojaba apresuradamente debajo de la mesa.
De inmediato, el cabo Expósito seguido muy de cerca por el resto de sus hombres, se asomó ligeramente y con mucho cuidado por la ventana de la oficina para comprobar si aquello era un ataque criminal y sedicioso de alguna checa burgalesa de cuya existencia ignoraba, o bien era fruto de algún percance fortuito en las afueras del cuartel.
Y nada más asomarse, lo que pudo ver le provocó un estertor interminable que jamás en su vida podría olvidar. En una primera impresión, comprobó que, allí afuera, unos cuantos mozalbetes borrachos como cubas, tiraban piedras y arreaban con palos a un monigote horroroso que colgaba de la segunda planta del cuartel. Pero cuando se fijó más detenidamente, su corazón por poco no aguanta la prueba. ¡Era el cabo Gutiérrez el que colgaba por la ventana!
La Virgen del Carmen!- sollozó anonadado.
Rápidamente se dirigió a la segunda planta con la intención de descolgar al pobre Gutiérrez, mientras ordenó a sus hombres salir al exterior para calmar los ánimos de los chavales y afearles seriamente su conducta para con un, extinto o no, eso era lo de menos, miembro de la ley.


Al asomarse por la ventana, Expósito comprobó que la altura era exagerada para producir una caída a saco al cortar las amarras. Pero, al mismo tiempo, se dio cuenta de que sería imposible descenderlo poco a poco mediante cordajes, ya que los cables de la luz y el teléfono imposibilitaban la maniobra.
Reunido urgentemente con sus hombres, al final acordaron utilizar las técnicas de los bomberos para cuando alguien salta desde una ventana. Es decir, extender una lona o artilugio similar para amortiguar la caída de Gutiérrez una vez cortadas las amarras.
Al no encontrar ninguna lona por todo el cuartel y mira que buscaron detenidamente, decidieron unir varias sábanas mediante nudos marineros de alta efectividad, sujetadas firmemente en su perímetro por la totalidad de la tropa y así evitar desgarros u otro tipo de situaciones embarazosas.
El cabo Expósito subió nuevamente al segundo piso y ya que estaba en un sitio privilegiado desde su atalaya, se encargó de dirigir desde un inicio la operación.
-Dos pasos a la derecha, dos- Gritaba solemne.
Pero claro, tampoco aclaraba a la derecha de quién, así que a cada orden, los agentes chocaban entre sí y se enzarzaban en agrias discusiones sobre el sentido de la marcha.
-A mi derecha, a mi derecha, gilipollas- Rugía Expósito.
Pero tampoco era efectivo.
Según el sentir general expresado a gritos, los agentes opinaban en su mayoría y algo mosqueados que les faltaban datos y que se dejase ya de hacer el listillo que les estaba liando. Y tenían sus motivos.
-Mire usted, mi comandante- Se encaró desde abajo el agente Romualdo. –Al verle a usted tan de postín y tan gallardo allí arriba, desde nuestra posición, su derecha es nuestra izquierda, mientras que desde su posición, su derecha nuestra izquierda y nuestra izquierda su derecha. Así que, por el bien del operativo, al dirigirse a nosotros, indique con claridad el posicionamiento previo y todo irá como la seda. A sus órdenes de vuecencia para lo que guste mandar.-


Expósito sopesó la situación muy pero que muy preocupado. En poco tiempo se estaba dando cuenta de que, de todos los agentes del Cuerpo que pudiesen existir, de todos ellos, en el Cuartel de Julastre del Camino se habían concentrado el mayor número de retrasados mentales por metro cuadrado posible. Aquello, bien lo sabía, iba a ser su ruina.
Un poco deprimido, pero consciente de su deber, Expósito sacó uno de sus brazos por la ventana y rugió:
-Derecha. Ésta es la DE-RE-CHA-
Y a continuación sacó el otro brazo y volvió a rugir:
-Izquierda. Ésta es la IZ-QUI-ER-DA- Mientras sus ojos se empezaron a humedecer por la desesperación.
La tropa asintió agradecida y sin más discusiones se prepararon para la labor. Cuatro de los agentes agarraron fuertemente las sábanas por las esquinas y, los tres restantes se repartieron por las zonas que a su entender podían ser más débiles y susceptibles de resquebrajamientos profundos.
El cabo Expósito, sabiendo de lo delicado de la operación, creyó conveniente hacer una prueba preliminar, así que, sin avisar a los agentes para que no se relajasen, cogió una almohada de la litera que había en la habitación y, sin previo aviso, la tiró ventana abajo gritando: -“Hombre vaaa”- con todas sus fuerzas.
O bien las fuerzas del orden se habían movido ligeramente, o bien el cabo había dado un impulso desmesurado a la almohada, o bien las dos cosas a la vez. El caso es que la almohada acabó dándose un trompazo tremendo a un par de metros más allá de donde se encontraba la sábana salvadora.
La reacción de los agentes fue muy variada y, como siempre, dependiente del grupo de edad al que perteneciese cada cual. En el grupo de los jóvenes no hubo demasiadas diferencias. Los tres a la vez se echaron a correr según la almohada se descalabró contra el suelo y no pararon hasta llegar a la esquina del cuartel desde donde, escondidos y muy asustados, miraban de vez en cuando para comprobar en qué acababa todo aquél akelarre.


En el grupo de los veteranos, las diferencias fueron mínimas pero evidentes. El agente Edelmiro empezó a hacer dibujos en el suelo con un palito al parecer profundamente concentrado. A su vez, el guardia Crescencio que, según suposiciones, ya había tenido un breve pero intenso encuentro con la cazalla, se lanzó sobre la almohada e inició un profundo boca a boca con ella, siguiendo fielmente el proceso de reanimación del manual “Devuélveles a la vida. Son tus hermanos” que la Benemérita había repartido entre sus componentes.
Los otros dos agentes, Dionisio y Eustaquio, muy relajados y parsimoniosos, empezaron a recoger el montaje doblando la sábana y lamentándose en voz alta de que si lo que pensaba hacer desde un principio el señor cabo era tirar a Gutiérrez al tun-tun, pues que muy bien, sea, pero no entendían ellos a qué venir a molestarles con la tontería esa de los bomberos ni de leches en vinagre. Que no tenían todo el día para estar a sus caprichos como si tal cosa.
Para cuando pudo reaccionar el cabo Expósito y bajar del piso, todos los agentes habían vuelto a entrar al cuartel y estaban tan ricamente en la cantina, departiendo con unas cervecitas en la mano lo duro y fatigoso que estaba resultando la jornada en cuestión.
-¿Quién cojones les ha dado permiso para abandonar el servicio?- Bramó Expósito desde la puerta.
Su mirada encendida y sus ademanes desmedidos, pusieron en guardia a los agentes sobre sus intenciones.
-Repito y espero que sea ésta la última vez. ¿Quién coño ha sido?-
Un silencio espectacular se adueñó de la cantina. Era tal su magnitud que, con el tiempo y recordando el pasaje, algún guardia de los presentes juraba por lo más sagrado a quien le quiso oír, haber llegado a percibir en aquél momento la caída al suelo de las avellanas maduras de campa Belandia, situado ni más ni menos que al otro extremo del pueblo.


Dado que la cosa podría ir a mayores y para evitar una tragedia, los agentes fueron mansamente desfilando de nuevo a sus puestos, pensando para sus adentros a ver qué nueva mamarrachada se le iría a ocurrir ésta vez al comandante con tal de tocarles un poco más las narices.
El cabo Expósito les urgió a ocupar nuevamente sus sitios y él, rápidamente, volvió a subir al segundo piso rabioso por acabar de una vez con aquél martirio. Y más rabioso se puso cuando, al asomarse por la ventana, comprobó que medio pueblo se había acercado al enterarse de la situación y, sentados en un amplio círculo rodeando la zona, se cruzaban apuestas sobre el éxito o no del lanzamiento, mientras se repartían las tortillas y las botas de vino que llevaban para el espectáculo de la suelta de vaquillas.
-Éstos son tontos- Comentó asustado Expósito.
Y es que, por lo visto, a los agentes les había sorprendido agradablemente tanta expectación y salían saludando como hacen los toreros de feria a la afición. Si hasta se pusieron de acuerdo los desalmados y organizaron un paseíllo, simulando dos de ellos ser los espadas, otros tres los banderilleros y los dos restantes hacían como que iban trotando a caballo emulando el poderío y gallardía de los picadores al entrar a la plaza.
Y el cabo ya no pudo más. Desquiciado por completo y fuera de sí, se lanzó como un loco a por el cuerpo de Gutiérrez y sin avisar a sus hombres ni importarle un pimiento las consecuencias, cortó de un tajo las cuerdas que le ataban al tendedero de la ropa.
-Chofff-
Un golpe seco y bastante desagradable acabó de inmediato con la algarada de los agentes que, como no se lo esperaban, volvieron a salir corriendo a escape del sitio por lo que pudiera pasar.
-¡!Ohhhhhh!!- Aullaron los del pueblo ante el batacazo.
-¡!Síiiiiii!!- Gritó Expósito ya fuera de sus cabales.
Poco a poco y una vez pasado el primer desconcierto, la situación fue volviendo a la normalidad.
Los agentes se animaron a regresar tímidamente y anduvieron durante un buen rato rodeando al difunto haciendo todo tipo de comentarios y conjeturas.


-Pues porque estaba muerto. Que si no, se mata- Decía uno.
-¿Estará dentro todavía?- Preguntaba otro extrañado.
-Esto es un aviso del más allá- Terció el último muy sobrecogido.
Pero, al final triunfó la cordura e hicieron lo único que se podía hacer en aquél momento. Con las sábanas recogieron el cuerpo y los restos de escayola que se habían desperdigado por la zona y en una procesión espontánea y sentida, metieron definitivamente el cuerpo al interior del cuartel para, de una santa vez, introducirle en el frigorífico y prepararse para una próxima jornada dramática y sentida en honor del compañero y amigo.
La gente del pueblo se fue yendo poco a poco, algo desengañados por un final tan brusco, indigno a su entender en un Cuerpo tan español y tan patriota. Y el ambiente, a su vez, se tornó triste y melancólico, al compás de tan luctuosa y conmovedora situación.
Y el día fue, por fin,  transcurriendo lenta y pesadamente en el interior del cuartel. Quizás, vayan ustedes a saber, anunciando sin rubor que mañana sería otro día, sin duda, pero avisando a su manera que las hondas emociones no habían hecho mas que empezar.

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